miércoles, 5 de febrero de 2025

Espíritu Santo: curso introductorio

 

III

 El Espíritu Santo: Promesa del Padre

Lucas 24, 49

 

Lucas 24, 49

“Yo voy a enviar sobre ustedes la Promesa de mi Padre.

Permanezcan en Jerusalén hasta que sean revestidos de la fuerza de lo alto”

 

El Padre promete enviar su Espíritu para renovar la Alianza y acompañar en todo momento a su pueblo, para ayudarlos a conducirse según sus mandatos y preceptos.

 

Una vida sin el Espíritu Santo carece de guía, de señal conductora, por eso es tan importante meditar la Palabra para llenarnos del Espíritu.

 

El Espíritu Santo es, la Promesa del Padre, y así lo anunciaron los profetas. Vemos que la promesa de ser investidos es una dignidad y es una honra, por lo tanto, debemos considerarnos embajadores del Reino de los cielos, representamos a ese Reino y es un alto cargo, un gran honor. Para ello necesitamos considerar tres cuestiones importantes: la espera, la misión, y la obediencia.

 

Breve explicación de Lucas 24, 49:

 

Los apóstoles eran temerosos, temblaban, sin embargo, a estos hombres temerosos Dios los llamó para extender su Reino.

La misión es algo necesario en el Plan de Dios, es algo que no puede no ser, y se opone a lo imposible y a lo contingente. Hoy en día vemos que, aunque nuestras Iglesias estén llenas de personas débiles, limitadas como todos nosotros, la misión sigue su curso.

 

Era imposible que los apóstoles realizaran por sí mismos el trabajo que Jesús les había encomendado a menos que fueran investidos de poder desde lo alto, y ese poder solo vendría cuando el Espíritu Santo fuera derramado sobre ellos.

 

a)    La promesa de Dios

 

En este versículo, Jesús nos habla de que la promesa de Dios Padre, es el Espíritu Santo.

 

El Espíritu Santo es una parte importante de la vida cristiana, ya que nos da el poder y la sabiduría para vivir como Dios quiere que vivamos.

 

Este es el mismo Espíritu que descendió sobre los discípulos en el día de Pentecostés y les dio el poder para predicar el evangelio a todas las naciones.

Las promesas de Dios se reciben en oración.

 

b)    La investidura del poder

 

Jesús nos habla en este versículo de la investidura del Poder desde lo Alto.

 

Esta investidura es el poder del Espíritu Santo que nos da la capacidad de vivir nuestras vidas de acuerdo a los estándares de Dios.

 

El Señor enviaría a los hombres a proclamar su testimonio al mundo entero el mensaje en el que se exponía que Él murió y resucitó de los muertos y que, si confiamos en Él, todos los pecadores podrían salvarse. Este mensaje de salvación, debía ser predicado, pero para poder predicar esta verdad al mundo, se necesitaba el Poder del Espíritu Santo.

 

En este versículo se expresa el encargo a los apóstoles, pues ellos son testigos, los apóstoles son testigos de aquello en que se han cumplido: ellos habían estado con Jesús, desde su Bautismo en el Jordán hasta su ascensión al cielo, ellos fueron testigos de la muerte y de la resurrección de Jesús, testigos de su encargo misionero y de la predicación de la salvación extendida al mundo entero.

 

Los apóstoles tenían que sumarse a la misión encomendada por Nuestro Señor, pero para ello, tenían que adquirir esa investidura de Poder que viene de lo alto, y esta investidura se les daría cuando la enviaría la Promesa del Padre y para ello los discípulos debían esperar y quedarse en Jerusalén hasta que recibieran el Espíritu Santo.

Los apóstoles aportan aquello que se les exige a los testigos. Cristo por su parte ofrece a los apóstoles el apoyo del Espíritu Santo para su mensaje salvífico.

 

c)     La espera

 

A veces, la vida nos empuja a actuar rápidamente, pero el tiempo de espera que Jesús nos invita a vivir es un acto de confianza que fortalece nuestra fe.

 

El Espíritu Santo es el guía y la fuerza que necesitamos para superar las tentaciones y vivir vidas santas y justas.

 

Este versículo también nos indica la importancia de saber esperar. Se les pide a los apóstoles que esperen en la ciudad de Jerusalén. Jesús les dice a sus discípulos que esperen en la ciudad de Jerusalén antes de ser investidos con el poder desde lo alto. Esto nos muestra la importancia de esperar en Dios y en su tiempo.

 

Muchas veces nosotros queremos actuar rápidamente y tomar el control de nuestras vidas, pero lo que Jesús nos enseña es la importancia de esperar en Dios y confiar en su plan para nuestras vidas.

 

Lucas 24:49 es un versículo poderoso que nos recuerda la importancia de esperar en Dios y en su plan para nuestras vidas.

Cuando confiamos en Dios, Él nos dará el poder y la sabiduría que necesitamos para vivir como él quiere que vivamos.

 

Los apóstoles tuvieron que esperar y durante aquellos momentos de pausa en Jerusalén, estaban preparando sus corazones y sus mentes para recibir el poder transformador del Espíritu Santo. 

Los apóstoles tienen que esperar al Espíritu Santo; tienen que establecerse en la ciudad y permanecer en ella; en estas palabras se da quizá a entender también: permanecer reflexionando y meditando. Tienen que esperar en Jerusalén, ciudad centro de la obra histórica lucana,

 

La ciudad es Jerusalén; es el centro de la obra histórica lucana, es la ciudad de la muerte de Jesús, la ciudad del Resucitado, la ciudad de la venida del Espíritu Santo, la ciudad contra la que se cumple el juicio de Dios porque no ha reconocido sus misericordiosas visitas. Es en esta ciudad de Jerusalén dónde los apóstoles serán revestidos de la fuerza de lo alto: la fuerza de lo alto es el Espíritu Santo.  

Los discípulos debían quedarse en Jerusalén hasta que recibieran el Espíritu Santo. Con esto Jesús les dice que no deben de proceder por su cuenta, pues para ser fieles testigos de Jesús necesitan la guía y el poder del Espíritu Santo.

 

 

Los apóstoles entonces, son revestidos de esta fuerza, y tuvieron fuerza de lo alto. Luego vemos cómo aparecen los milagros, no por la propia fuerza de cada apóstol sino en virtud y en nombre de Jesucristo. Ellos entonces, fueron a predicar por todas partes, cooperando con el Señor y cumpliendo su mandato y confirmado su palabra con las señales que hacían en nombre de Jesús.

También nosotros en nuestro diario caminar en este mundo, debemos aprender a esperar por más difícil que pueda resultarnos, pero es en esas esperas donde Dios comienza a obrar en nosotros, dándonos la preparación necesaria para los grandes propósitos que tiene.  

 

Muchas veces, más de las que podemos contar, nos encontramos en situaciones inexplicables, y en estas situaciones es fácil olvidarnos de las promesas de Jesús y de que Jesús siempre cumple lo que promete.

 

Por lo tanto, no temamos en esperar, pues en la espera encontraremos la fortaleza que solo Él puede darnos.


 

¿Cómo podemos aplicar Lucas 24, 49 en nuestra vida?

Si nos tomamos el tiempo para esperar en Dios y confiar en su plan, Él nos dará el poder y la sabiduría para vivir como Él quiere que vivamos.

Es importante recordar que el Espíritu Santo es una parte importante de nuestras vidas cristianas y nos da el poder que necesitamos para superar las tentaciones y vivir vidas santas y justas.

domingo, 2 de febrero de 2025

Espíritu Santo: curso introductorio

 

II

El propósito inicial de este blog es pensar y compartir conocimientos basados en la conducta y en la vida de nuestros santos. Conocer a nuestro Dios, es tener una mejor relación con Él y también con nuestros hermanos. Aprender de la vida de los santos y lo que la Palabra nos dice es ampliar nuestras posibilidades de ser personas que, por la gracia, enfrentan la vida con mejores herramientas ante cualquier tiempo que nos toque vivir. Continuamos entonces, en este sencillo curso introductorio ampliando el tema del Espíritu Santo y su obra.

La obra del ESPÍRITU SANTO:

1)      Nos convence de pecado. “Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Jn 16, 8). En primer lugar, nos hace reconocer que somos pecadores necesitados de salvación para que podamos arrepentirnos, depositar nuestra fe en Cristo y recibir su perdón. E incluso, después de ser salvos, nos hace reconocer cuando actuamos de manera incorrecta, al recordarnos que el pecado no debe ser parte de nuestra vida, pues ahora seguimos a Jesucristo.

2)      Vida de fe. El Espíritu Santo con su gracia es el "primero" que nos despierta en la fe y nos inicia en la vida nueva. Él es quien nos precede y despierta en nosotros la fe. Sin embargo, es el "último" en la revelación de las personas de la Santísima Trinidad.

3)      El Paráclito. Palabra del griego "parakletos", que literalmente significa "aquel que es invocado", es por tanto el abogado, el mediador, el defensor, el consolador. Jesús nos presenta al Espíritu Santo diciendo: "El Padre os dará otro Paráclito" (Jn 14,16).

4)      El abogado defensor es aquel que, poniéndose de parte de los que son culpables debido a sus pecados, los defiende del castigo merecido, los salva del peligro de perder la vida y la salvación eterna. Esto es lo que ha realizado Cristo, y el Espíritu Santo es llamado "otro paráclito" porque continúa haciendo operante la redención con la que Cristo nos ha librado del pecado y de la muerte eterna.

5)      Nos sella para salvación. “En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa” (Ef 1, 13). En esa época el sello era usado para autentificar, demostrar posesión y protección. El Espíritu Santo nos sella en Cristo como hijos de Dios, pues ahora vivimos bajo su divina protección. Es un sello que nadie puede romper, ni Dios, ni el diablo, ni nosotros mismos. Sin embargo, eso no significa que podemos pecar sin sufrir consecuencias. Dios nos muestra lo que está mal y también nos disciplina.

6)      Mora en nosotros. “Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros” (Ro 8, 11). El Espíritu Santo es un regalo eterno que ha enviado a nuestra vida. Y vivimos bajo su dirección, mientras nos capacita para que hagamos lo que nos pide.

7)      Nos enseña. “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosa” (Jn 14, 26). Puesto que es Dios, su Espíritu es un maestro que supera a todos los demás. Nos guía al leer la Palabra de Dios y nos ayuda a interpretarla adecuadamente. La Biblia es un maravilloso regalo que Dios nos ha dado, y si somos fieles al leerla y le pedimos a su Espíritu que nos enseñe, nos ayudará a entenderla.

8)      Nos revela su verdad. “Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido” (1 Co 2, 12). Se nos promete un conocimiento divino que va más allá de nosotros y del universo, y que solo puede ser hallado en la Palabra de Dios. Puede que no entendamos de manera inmediata lo que significa el pasaje que hemos leído, o cómo podremos aplicarlo; pero, si perseveramos en buscar y escudriñar la Palabra de Dios, el Espíritu nos ayudará a entender. No obstante, si dejamos de leer la Biblia, nos faltará la sabiduría que solo proviene de Dios.

a.       Espíritu de la Verdad: Jesús afirma de sí mismo: "Yo soy el camino, la verdad y la vida" (Jn 14,6). Y al prometer al Espíritu Santo en aquel "discurso de despedida" con sus apóstoles en la Última Cena, dice que será quien después de su partida, mantendrá entre los discípulos la misma verdad que Él ha anunciado y revelado.

b.      El Paráclito, es la verdad, como lo es Cristo. Los campos de acción en que actúa el Espíritu Santo, son el espíritu humano y la historia del mundo. La distinción entre la verdad y el error es el primer momento de dicha actuación.

c.       Permanecer y obrar en la verdad es el problema esencial para los Apóstoles y para los discípulos de Cristo, desde los primeros años de la Iglesia hasta el final de los tiempos, y es el Espíritu Santo quien hace posible que la verdad a cerca de Dios, del hombre y de su destino, llegue hasta nuestros días sin alteraciones.

9)      Nos guía. “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad” (Jn 16, 13). Nuestro Ayudador divino es también quien nos guía. Nos ayuda a discernir lo verdadero y a tomar decisiones correctas. En vez de buscar los consejos de otras personas, lo primero que debemos hacer es pedirle al Espíritu Santo que nos dirija. Produce fruto en nosotros. “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza”  (Ga 5, 22-23). A menudo, estas cualidades se producen en nosotros por medio de circunstancias que podrían hacernos reaccionar de manera diferente. Por ejemplo, si nos resulta difícil amar a una persona, el Espíritu Santo puede cambiar nuestra actitud si se lo pedimos y si deseamos caminar en obediencia a Él.

10)  Nos recuerda. “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (JN 14, 26). Aunque los discípulos ya habían estado con Cristo y escuchado sus enseñanzas durante tres años, solo disponían de lo que recordaban después de que Él había partido. Para enseñar a otros acerca de Cristo necesitaban que el Espíritu Santo les ayudara a recordar. Incluso en nuestro tiempo, necesitamos que nos recuerde los pasajes bíblicos que necesitamos para cada situación. Si leemos la Biblia fielmente, el Espíritu Santo nos ayudará a recordar lo que dice.

11)  Nos faculta con dones espirituales. “Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo” (1 Co 12, 4). Su Espíritu nos da dones espirituales para que podamos servirnos los unos a los otros de la manera que Él desea.

12)  Nos da poder. “Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos” (He 1, 8). Su poder nos permite completar la misión que nos ha dado y nos capacita en cada aspecto de la vida.

13)  Nos llena. “Sed llenos del Espíritu” (Ef 5, 18). Esta es una vida gobernada y guiada por el Espíritu Santo, pues su presencia mora en nosotros. Ningún creyente tiene una excusa legítima para no obedecer a Dios, pues su Espíritu nos ha capacitado para cumplir con su voluntad y mandamientos.

 

A modo de reflexión personal:

¿Qué tanto depende usted del Espíritu Santo? ¿Cuán obediente le es?

Casi todo lo que el Espíritu Santo hace en nuestra vida lo realiza por medio de la Palabra de Dios. ¿De qué manera ha evidenciado usted esta verdad en su vida?

Para responder a estas preguntas podemos recordar tal como lo dice el Evangelio según San Juan: "Dios es Amor" (Jn 4,8-16) y el Amor que es el primer don, contiene todos los demás. Este amor "Dios lo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado". (Rom 5,5). Reflexionar con estos versículos del Evangelio nos ayudará a conectarnos con nuestra relación con el Espíritu Santo.

Debemos reconocernos heridos por el pecado. Somos pecadores, Puesto que, hemos muerto, o al menos, hemos sido heridos por el pecado, el primer efecto del don del Amor es la remisión de nuestros pecados.

La Comunión con el Espíritu Santo, "La gracia del Señor Jesucristo, y la caridad de Dios, y la comunicación del Espíritu Santo sean con todos vosotros." 2 Co 13,13; es la que, en la Iglesia, vuelve a dar a los bautizados la semejanza divina perdida por el pecado. Por el Espíritu Santo nosotros podemos decir que "Jesús es el Señor ", es decir para entrar en contacto con Cristo es necesario haber sido atraído por el Espíritu Santo.

¿recordamos que mediante el Bautismo se nos da la gracia del nuevo nacimiento en Dios Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo? Porque los que son portadores del Espíritu de Dios son conducidos al Hijo; pero el Hijo los presenta al Padre, y el Padre les concede la incorruptibilidad. Por tanto, sin el Espíritu no es posible ver al Hijo de Dios, y, sin el Hijo, nadie puede acercarse al Padre, porque el conocimiento del Padre es el Hijo, y el conocimiento del Hijo de Dios se logra por el Espíritu Santo.

 

 

jueves, 30 de enero de 2025

El Espíritu Santo: curso introductorio



I

¿Cuántas veces confundimos la fe con un seguro contra todo problema? No siempre sucede que los cristianos por el hecho simple de creer en Dios se ven libres de toda dificultad de la vida. Muchos creen que el Señor es un seguro contra todo mal de este mundo. De hecho esto no suele ser así. ¿Quién de ustedes no ha sufrido pérdidas de seres queridos, decepciones, problemas de trabajo, dificultades económicas entre otros problemas y desafíos? Muchas veces ante estos problemas que se nos presenta podemos llegar a preguntarnos dónde está Dios o porque no responde a nuestras súplicas. No sabemos qué hacer, puede que nos sintamos solos y abrumados. Nos cuesta recordar qué, si hemos recibido a Cristo como Señor y Salvador, nunca estamos solos, pues nos ha prometido un Ayudador, un Consolador: el Espíritu Santo.

Cuando rezamos el Credo, decimos: “Creo en el Espíritu Santo”, pero no siempre somos conscientes de aquello que proclamamos verbalmente. Hay muchos cristianos que rezan el credo y repiten esta afirmación una y otra vez, pero no saben lo que es el Espíritu Santo. Les ocurre como aquellos hombres que encontró San Pablo en uno de sus viajes; otros habían llegado antes que ellos y los habían hecho cristianos; entonces San Pablo les preguntó si estaban bautizados y le dijeron que sí; luego les preguntó si cuando fueron bautizados recibieron el Espíritu Santo, y les contentaron que ni siquiera habían escuchado hablar de que existía un Espíritu Santo.

Pero, ¿qué podemos decir del Espíritu Santo?

A modo introductorio vemos algunas puntuaciones:

a.     El Espíritu Santo no es un ángel guardián ni una fuerza en el sentido impersonal de esta expresión, sino una Persona divina: la tercera persona de la Santísima Trinidad, Es la tercera persona de la Trinidad, compuesta por Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.

b.     Decir “creo en el Espíritu Santo” es profesar que el Espíritu Santo es una de las personas de la Santísima Trinidad; más precisamente, la tercera persona. Dios como el Padre y como el Hijo; que merece la misma adoración que el Padre y el Hijo; como el Padre y el Hijo es creador, hacedor de todas las cosas, santificador. Por eso cuando hacemos la señal de la cruz, nos santiguamos en el nombre de cada una de las tres personas de la Trinidad, y cuando rezamos el Gloria nombramos a cada una de las tres personas de la Santísima Trinidad.

c.      Generalmente los cristianos hablan más y conocen más sobre Dios Padre y sobre Dios Hijo que sobre Dios Espíritu Santo. Por eso, hubo uno que lo llamó “el Gran Desconocido”.

d.     En el Nuevo Testamento se le dan varios nombres que nos muestran esto: Jesucristo lo llama “el Paráclito”, que significa “consolador”. En nuestros sufrimientos, en las tribulaciones, el E.S. es quien nos consuela. Por eso uno de los antiguos himnos de la Iglesia le pedía cantando: riega lo que árido, sana lo que está enfermo, ayuda lo que es débil, aligera lo que es pesado.

e.     El Espíritu Santo es Dios.

f.       El Espíritu Santo mora en el creyente y lo capacita para hacer en este mundo la obra que el Padre le ha encomendado.

g.     En el libro de Efesios leemos que el Espíritu Santo es el sello que identifica a los hijos de Dios y la garantía de que recibirán la herencia de la vida eterna.

h.     Por lo tanto, el Espíritu Santo está en cada uno de los que han recibido a Jesús como Señor y Salvador. Los prepara para ser testigos del Padre por todo el mundo y les confirma que son de Dios.

i.        El Espíritu Santo ayuda al creyente a andar siempre en su voluntad. También le infunde esperanza, al darle la certeza de que estará con el Señor por toda la eternidad.

j.        Hay personas que piensan que el Espíritu Santo es solo una energía positiva, pero en realidad es mucho más que eso. Es Dios mismo y su poder en acción. Cuando el Espíritu Santo se mueve, todo cambia. Su presencia transforma personas y situaciones.

k.      El Espíritu Santo es la "Tercera Persona de la Santísima Trinidad". Es decir, habiendo un sólo Dios, existen en Él tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta verdad ha sido revelada por Jesús en su Evangelio.

l.        El Espíritu Santo coopera con el Padre y el Hijo desde el comienzo de la historia hasta su consumación, pero es en los últimos tiempos, inaugurados con la Encarnación, cuando el Espíritu se revela y nos es dado, cuando es reconocido y acogido como persona. El Señor Jesús nos lo presenta y se refiere a Él no como una potencia impersonal, sino como una Persona diferente, con un obrar propio y un carácter personal.

m.  El Espíritu Santo es Abogado: porque nos defiende. Dice San Pablo: “el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como nos conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros como gemidos inefables”.

n.     Espíritu de verdad: porque Él es el que hace a los Apóstoles que se acuerden de todo lo que ha dicho Jesucristo, y Él es el que hace que los cristianos y especialmente el Papa entiendan las Sagradas Escrituras sin equivocarse.

o.     Don de Dios: porque es el gran regalo que nos hace Dios; enviarnos al Espíritu Santo.

p.     Santificador: porque es el que produce la santidad en nuestros corazones; El suscita en nuestros corazones las virtudes y las buenas cualidades que nos hacen santos y agradables a Dios. Por eso dice San Pablo que los frutos del E.S. son: caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza (Gal 5,22-23).

q.     Vivificante: porque El nos da la vida (cf. Gal 5,25). El nos engendra en el bautismo, nos hace hijos de Dios y nos hace nacer espiritualmente.

r.       No podemos ser cristianos si desconocemos al Espíritu Santo. Y no podemos ser buenos cristianos si no amamos devotamente al E.S., si no lo invocamos y si no nos gozamos cuando El, por la gracia, habita en nuestros corazones.

 

En resumen, el Espíritu Santo es la presencia de Dios en nosotros que nos ayuda a mejorar y a crecer cada día, buscando ser más como Jesús.

Disfrutemos del Espíritu Santo en nosotros y vivamos vidas que muestren su amor y su poder.

El Espíritu Santo es miembro de la Trinidad, junto con el Padre y el Hijo. Sin embargo, algunos creyentes no comprenden que Dios, en la persona de su Espíritu, ha venido a morar en ellos.

En vez de vivir en el poder y en la provisión del Espíritu, solo se esmeran por hacer su mejor esfuerzo y esperar por el día en el que llegarán al cielo. Como resultado viven inconformes y desilusionados de Dios. No obstante, el problema no es el Señor, sino la falta de conocimiento en cuanto a la presencia y guía del Espíritu Santo en sus vidas.

Se nos ha dado todo lo que necesitamos para vivir nuestro andar de fe. Solo debemos estar dispuestos a rendirnos ante Dios para hacer uso de los recursos del Espíritu Santo. Nuestro Ayudador divino siempre está dispuesto a socorrernos. En ningún momento, desde que recibimos a Cristo como Salvador, hemos estado solos ni desamparados; aunque nos sintamos así. Su Espíritu está siempre presente y obra de manera activa en nuestra vida.

 

miércoles, 29 de enero de 2025

Alabanza

 

Nos proponemos ira conociendo los distintos tipos de oración.

En la búsqueda de modos de orar muchas veces confundimos los tipos de oración que los creyentes realizamos. Muchas veces confundimos lo que es una oración de alabanza con las oraciones de acción de gracias o con la adoración. Pero cada una de ellas tiene sus particularidades.

 

Si bien la alabanza, es una oración similar a la bendición y a la dación de gracias, es una oración distinta.

 

Alabanza según el Catecismo de la Iglesia Católica:

 

Según el Catecismo de la Iglesia católica, la alabanza es una oración “que reconoce de la manera más directa que Dios es Dios. Le canta por Él mismo, le da gloria no por lo que hace, sino por lo que Él es” (2639).

 

Vemos brevemente alguna de las puntuaciones del catecismo:


2639 La alabanza es la forma de orar que reconoce de la manera más directa que Dios es Dios. Le canta por Él mismo, le da gloria no por lo que hace, sino por lo que Él es. Participa en la bienaventuranza de los corazones puros que le aman en la fe antes de verle en la gloria. Mediante ella, el Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios (cf. Rm 8, 16), da testimonio del Hijo único en quien somos adoptados y por quien glorificamos al Padre. La alabanza integra las otras formas de oración y las lleva hacia Aquel que es su fuente y su término: “un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y por el cual somos nosotros” (1 Co 8, 6).

 

2640 San Lucas menciona con frecuencia en su Evangelio la admiración y la alabanza ante las maravillas de Cristo, y las subraya también respecto a las acciones del Espíritu Santo que son los Hechos de los Apóstoles: la comunidad de Jerusalén (cf Hch 2, 47), el tullido curado por Pedro y Juan (cf Hch 3, 9), la muchedumbre que glorificaba a Dios por ello (cf Hch 4, 21), y los gentiles de Pisidia que “se alegraron y se pusieron a glorificar la Palabra del Señor” (Hch 13, 48).

 

2641 “Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor” (Ef 5, 19; Col 3, 16). Como los autores inspirados del Nuevo Testamento, las primeras comunidades cristianas releen el libro de los Salmos cantando en él el Misterio de Cristo. En la novedad del Espíritu, componen también himnos y cánticos a partir del acontecimiento inaudito que Dios ha realizado en su Hijo: su encarnación, su muerte vencedora de la muerte, su resurrección y su ascensión a su derecha (cf Flp 2, 6-11; Col 1, 15-20; Ef 5, 14; 1 Tm 3, 16; 6, 15-16; 2 Tm 2, 11-13). De esta “maravilla” de toda la Economía de la salvación brota la doxología, la alabanza a Dios (cf Ef 1, 3-14; Rm 16, 25-27; Ef 3, 20-21; Judas 24-25).

 

 2642 La revelación “de lo que ha de suceder pronto” —el Apocalipsis— está sostenida por los cánticos de la liturgia celestial (cf Ap 4, 8-11; 5, 9-14; 7, 10-12) y también por la intercesión de los “testigos” (mártires) (Ap 6, 10). Los profetas y los santos, todos los que fueron degollados en la tierra por dar testimonio de Jesús (cf Ap 18, 24), la muchedumbre inmensa de los que, venidos de la gran tribulación nos han precedido en el Reino, cantan la alabanza de gloria de Aquel que se sienta en el trono y del Cordero (cf Ap 19, 1-8). En comunión con ellos, la Iglesia terrestre canta también estos cánticos, en la fe y la prueba. La fe, en la petición y la intercesión, espera contra toda esperanza y da gracias al “Padre de las luces de quien desciende todo don excelente” (St 1, 17). La fe es así una pura alabanza.

 

Es importante reconocer lo que el Catecismo nos explica “Como los autores inspirados del Nuevo Testamento, las primeras comunidades cristianas releen el libro de los Salmos cantando en él el Misterio de Cristo. En la novedad del Espíritu, estas primeras comunidades componen también himnos y cánticos a partir de la novedad que Dios ha realizado en su Hijo”.

 

Generalidades:

 

1.      La oración de alabanza ensalza a Dios: La oración de alabanza es una oración en la que simplemente se ensalza a Dios por ser Dios, no por favores o gracias recibidos de Él. Vemos que frecuentemente la celebración de la Eucaristía es llamada a menudo “el sacrificio de alabanza”.

2.      Es un acto de gratitud: También decimos que la alabanza es un acto de gratitud, ​ en este caso desde el ser humano para Dios, por todo lo que Dios hace y ha hecho en la vida del ser humano, o para la vida del mismo (como: milagros, proezas, gloria, entre otros beneficios o hechos), todo esto en la perspectiva de que Él es digno de ella.

3.      Dios, objeto de la oración: En la alabanza no nos buscamos a nosotros mismos, pues el objeto de la oración no somos nosotros, sino solo Dios. Es un gesto de donación y de ofrecimiento a Él, que merece toda alabanza.

4.      Reconocemos los atributos de Dios: En la oración de alabanza nosotros reconocemos los atributos de Dios y nos alegramos por ellos. “A Aquel que tiene poder para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar, conforme al poder que actúa en nosotros, a él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones y todos los tiempos. Amén.” Ef. 3, 20-21. Nos alegramos y llenamos de gozo porque Él es nuestro Dios. Es un modo de decirle lo orgullosos que estamos de Él. “Por tu inmensa gloria te alabamos”. Puedes decirle a Dios estas palabras con el cariño de un hijo que ve a su padre como el mejor. No hay nadie como tú, Dios nuestro, eres el más grande.

5.      Dar gracias: También cuando la alegría nos llena el corazón por alguna circunstancia en nuestra vida otro modo de orar es la alabanza ya que la oración de alabanza tiene un matiz distinto de el de la acción de gracias. Mientras que las gracias se puede dar a las personas, la alabanza solo se hace a Dios.

6.      Reconoce la grandeza de Dios: La alabanza es una oración que reconoce la grandeza de Dios en sí misma y la ensalza.

7.      Dios como centro de la alabanza: Es una oración que tiene como centro a Dios, que es digno de todo honor y toda alabanza (cf. Sal 48, 2).

 

Muchas veces nuestra forma de alabar no nos parece la adecuada. A veces nuestra oración de alabanza no nos sale fluida ni sabemos cómo o con qué palabras expresarnos. No sabemos qué palabras decir a Dios. Solo sentimos un deseo inmenso de expresarle lo grande que es y especialmente lo bueno y misericordioso que ha sido con nosotros. Por eso es importante saber que para poder alabar es importante pedirle asistencia al Espíritu Santo. Él es el que poseyendo nuestra alma la eleva en alabanza. Nosotros no sabemos y no podemos alabar con nuestras propias palabras. Necesitamos que el Espíritu Santo en nosotros alabe al Padre. Ya en el Libro del Apocalipsis tenemos algunas referencias de cómo alabar, en el mismo se nos habla de una constante alabanza de toda la creación a Dios, que está sentado en el trono, y al cordero (cf. Ap 5, 13). En el fondo, el apocalipsis pone como condición para la alabanza el haber recibido el don del Espíritu, ya sea en el bautismo o a través de la recepción de los sacramentos. Tal como nos la muestra la Escritura no hay alabanza sin que el Espíritu alabe en nosotros. Por esta importante razón, antes de alabar a Dios tenemos que invocar al Espíritu Santo para que, ungiendo nuestra alma con su efusión, nos haga capaces de alabar a Dios. Si el Espíritu alaba en nosotros, estamos seguros de que nuestra alabanza será agradable al Padre.

 

Una de las formas de alabar a Dios es orar con los salmos. Hay muchos salmos de alabanza, en siguientes artículos trataremos de ir conociendo cada uno de ellos.