jueves, 1 de mayo de 2025

Espíritu Santo: Algunas puntuaciones del Evangelio según San Juan

 


Espíritu Santo: ese gran desconocido



 



Para adentrarnos en este tema apasionante, comenzaremos por preguntarnos algunas cuestiones:

¿sabemos quién es el Espíritu Santo?

¿nos relacionamos correctamente con Él?

¿Cuáles son algunas de las características del Espíritu Santo?

Sin pretender agotar el tema, simplemente comenzaremos a cuestionarnos algunos puntos importantes y para ello nos vamos a apoyar en lo que dice el Evangelio según San Juan en el capítulo 14.


¿Quién es el Espíritu Santo?


Si bien el Espíritu Santo estuvo mencionado en muchas ocasiones en el Antiguo Testamento, -tema que trataremos en otro momento-, vemos cómo acompañó en las distintas etapas. También Jesús acompaño a sus discípulos, la gran diferencia es que los discípulos lo vieron a Jesús –quien también consolaba a los discípulos y nos prometió no dejarnos solos y enviar al Paráclito, y en cambio, nosotros no vemos al Espíritu Santo que es nuestro gran acompañante, nuestro consolador, y aquel que atestigua

Tenemos que conocer al Espíritu Santo, reconocer todo tipo de sensaciones y emociones que nos produce y así comenzar a pensar y conocer la función de Espíritu Santo en nuestras vidas. En esta ocasión nos basamos en el Evangelio según San Juan, capítulo 14.

San Juan capítulo 14

17.el Espíritu de la Verdad, que el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Pero vosotros lo sabéis, porque está con vosotros y permanecerá con vosotros.

18.No te dejaré solo, sino que volveré a ti.

26.Entonces el Espíritu Santo, el Intérprete que el Padre les enviará en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que les he dicho.

También nos dice que es el testigo el único testigo San Juan lo describe en el capítulo 14 como “el consolador que está con nosotros”.

Si queremos ver la obra del Espíritu Santo en nuestra vida primero hay que mirar la vida de Jesús desde su nacimiento hasta la ascensión al cielo.

Al partir Jesús nos entrega los regalos del Espíritu Santo y su paz. Si bien Jesús nombró al Espíritu Santo en este mismo capítulo de Juan, en el versículo 16, nos hace la promesa de que cuando Él parta le pedirá al Padre enviar al Espíritu Santo para ayudar a todos los discípulos a través de los siglos. Recibimos el Espíritu Santo no por nuestros méritos sino por los méritos de Jesús. Esta es otro maravilloso ejemplo trinitario: Dios Padre envía a Dios Espíritu Santo por la petición de Dios Hijo.

Es el Espíritu Santo quien nos enseñará todas las cosas y nos recordará lo que Jesús ha dicho, es el Espíritu Santo quien nos hace recordar las enseñanzas de Jesús.

Jesús nos dejó la herencia más grande: la presencia y el poder del Espíritu Santo y nos dejó también su propia paz, su paz completa y confiada en el amor de Dios Padre. Él describe “Mi Paz”, con un corazón tranquilo, más allá de todo el sufrimiento que tenía que pasar en su Pasión. Esta paz que nos deja Jesús está más allá de la paz del mundo, por eso nos dice “no se turbe vuestro corazón”, con fe en Dios podemos tener un corazón tranquilo en una vida con problemas mundanos.


¿Nos relacionamos correctamente con el Espíritu Santo?


Un gran problema en nuestra cultura actual es que no siempre sabemos quién es el Espíritu Santo y, por consiguiente, no sabemos cómo relacionarnos con Él, o bien cuando nos relacionamos con esta tercera persona de la Santísima Trinidad no lo hacemos de modo ideal. Pues muchas veces nuestras impresiones son incorrectas y esto nos perturba e impide una sana relación tanto con las personas como nosotros como también con la Santísima Trinidad, por eso el discernimiento, la oración, la contemplación nos ayudan a relacionarnos mejor, superando todo prejuicio mental que obtura esa relación con nuestro Dios.

El espíritu Santo toca debe nuestros corazones, obrar en nosotros, pues hay así verdadera salvación ya que la salvación comienza en el corazón no en la mente.

Es el consolador: el consejero, es quien nos orienta e instruye y nos ayuda a tomar las decisiones correctas

Hay algunas cosas a tener en cuenta en nuestra relación con el Espíritu Santo:

No podemos permitir que nuestra relación con el Espíritu Santo sea entendiendo la relación que tenemos con Cristo en nuestra vida.

No podemos recibir la relación con el Espíritu Santo por la salvación de nuestra vida (esto es solo el conocimiento que tenemos) pero el Espíritu Santo está presente no desde Pentecostés sino desde el principio del mundo. (no nació en Pentecostés, preexiste a Pentecostés) el Espíritu Santo está presente desde la creación, también vemos por ejemplo el caso de Sansón. El Espíritu Santo iba y venía, pero ahora desde Pentecostés está presente. Tenemos que saber que Él es providente en el Antiguo Testamento. Sansón no habló lengua, pero estaba lleno del Espíritu Santo.  El Espíritu Santo es más que lo que encontramos en el texto de Hechos de los apóstoles, también vemos Génesis del 2 al 8; vemos Éxodo: Moisés. Hay que mirar toda la Palabra de Dios.

Volvamos a los versículos del Evangelio de San Juan: 

Jesús realiza una serie de promesas, una de ellas es rogar al Padre para que envíe a otro consolador, esta es la segunda de una serie de promesas, ya que los discípulos temerosos, asustados ante el abandono supuesto de Jesús, no sabrían qué hacer ante la partida del Maestro. Pero Jesús les promete que tendrían aún más ayuda porque el Padre enviaría a otro Consolador. Jesús comprendía muy bien que todos los discípulos, aquellos primeros y todos los discípulos que lo estarían a través de los tiempos, necesitaríamos de la presencia de Dios y su poder para poder caminar según sus mandamientos. Vemos el ejemplo maravilloso de la idea trinitaria, cómo la Santísima Trinidad interactúan para el bien del pueblo de Dios y del plan Divino.

En cuanto a la palabra “consolador”, es la traducción de la palabra griega “parakletos”, que lleva la idea de alguien que es llamado a ayudar a alguien más, y se puede referir a un consejero, un defensor legal, un mediador, o un intercesor. Jesús es quien nos muestra la naturaleza del Padre y el Espíritu Santo es quien nos muestra a Jesús.

Si bien sería maravilloso vivir nuestra vida con Jesús a nuestro lado de la forma en que vivieron los primeros discípulos, es el mismo Jesús quien prometió que el Espíritu Santo cumpliría ese rol para nosotros en nuestras vidas, para fortalecer y ayudar al creyente, para que esté junto a nosotros siempre. Jesús nos indica que el Espíritu Santo no es una cosa sino una persona que estará permanentemente junto a nosotros y no de modo temporal como lo estaba en el Antiguo Testamento. Este abogado estará siempre junto a los discípulos.        

Jesús nos habla de tres aspectos de la relación de un discípulo con el Espíritu Santo en contraste con las cosas del mundo:

-          En contraste con el mundo que no conoce al Espíritu de Verdad, el discípulo de Jesús debe conocer al Espíritu Santo.

-          En contraste con el mundo, el discípulo de Jesús debe tener al Espíritu Santo con él.

-          En contraste con el mundo, el discípulo de Jesús debe tener al Espíritu Santo en él.

 

El Espíritu Santo nos da fortaleza de espíritu.

En resumen, el versículo de Juan 14:26 nos recuerda que el Espíritu Santo es una presencia viva y poderosa en nuestras vidas. Él está disponible para enseñarnos y guiarnos a cada paso del camino, si estamos dispuestos a escuchar Su voz y seguir Sus instrucciones.

 

¿Cuáles son algunas de las características del Espíritu Santo?

 

Santificador

Es el que produce santidad en nuestros corazones. 

Él suscita en nuestros corazones las virtudes y las buenas cualidades que nos hacen santos y agradables a Dios.

Por eso dice San Pablo: “los frutos del Espíritu Santo son: caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza, contra esas cosas no existe ley” (Gal 5, 22-23)

Dios nos llena del fruto del Espíritu Santo en nuestras vidas cuando comenzamos a caminar con Jesús, con frutos de arrepentimiento, 

y cada vez va fortaleciéndonos en cada uno de estos frutos y si fallamos Él nos ayuda en el poder de su Espíritu. 

Vivificante

Él nos da la vida: (Gal 5,25) “Si vivimos en espíritu, en espíritu también caminemos.”

Él nos engendra, nos hace hijos de Dios y nos hace nacer espiritualmente.

El libro de Gálatas es una de las cartas más importantes del apóstol Pablo y se enfoca en temas como la justificación por la fe y la libertad que tenemos en Cristo. En este versículo, Pablo nos invita a vivir por el Espíritu y a andar por el Espíritu.

Espíritu Santo: espontáneo, desorden, sensaciones, etc. Y si pensamos así nos vamos a lo pendular: pasamos de la razón a la sensación y no es así. Perdemos el balance.

Romanos 8: vemos una relación con el Espíritu Santo. Pablo declara que ninguna condena hay para los que están en Cristo.

 

 

domingo, 27 de abril de 2025

Bautismo de San Agustín

 



Uno de los grandes santos de la Iglesia Católica es, sin lugar a dudas, San Agustín de Hipona. El santo africano que nos relata sus luchas internas y nos describe cómo pasó de una vida mundana a entregarse por completo a Nuestro Salvador. En estas breves líneas veremos la importancia de su bautismo, su vivencia y su entrega.

 

¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva,
tarde te amé! y tú estabas dentro de mí y yo afuera,
y así por de fuera te buscaba; y, deforme como era,
me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste.

Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo.
Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que,
si no estuviesen en ti, no existirían.

Me llamaste y clamaste, y quebraste mi sortera;
brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera;
exhalaste tu perfume, y lo aspiraré, y ahora te anhelo;
gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti;
me tocaste, y deseo con ansia la paz que procede de ti.

Agustín de Hipona
Las Confesiones

 

San Agustín no se cansó nunca de meditar en el milagro de su conversión y la expresó de diversas maneras y estilos.

El 24 de abril celebramos la llamada conversión de San Agustín, es el día de su bautismo y es uno de los momentos más impactantes de la vida del santo obispo de Hipona.

 

Agustín se da cuenta de lo que supone Dios en su vida y expresa su famosa frase: “Tarde te amé…”, tal como lo narra en las Confesiones.

Desde ese momento descubrió que Dios es el principio y fin, es el sentido de toda su vida, su referente y guía en su peregrinar.

 

Tal como él mismo lo relata en Las Confesiones, tardó en amar a Dios y en descubrir su infinito amor. Agustín se retiró a Casiciaco para reflexionar y preparar su alma para comenzar a caminar con Cristo.

 

Rendido al Señor, Agustín fue bautizado por San Ambrosio obispo de Milán durante la Vigilia Pascual del año 387, en la noche del 24 al 25 de abril. El 24 de abril, el mismo día en que en el calendario agustiniano se conmemora la conversión de san Agustín. Se dice ‘conversión’, pero sería más claro decir que es el aniversario del bautismo del santo.

 

Una descripción alegórica:

 

En el texto 208 De catech. rud. XX 34 (PL 40,335):
Agustín nos da UNA DESCRIPCIÓN ALEGÓRICA
. Nos habla de tres cuestiones:

En primer lugar, nos habla de avanzar: avanzar en la confesión, y decir al Señor: Santo, Santo, Santo: en tu nombre fuimos bautizados. En segundo lugar, la Creación: creó en su Cristo el cielo y la tierra, es decir, los espirituales y carnales de tu Iglesia; y nuestra tierra.  El Catecismo nos enseña que la creación del hombre fue la cumbre de la creación, porque está hecho a imagen de Dios. De todas las criaturas visibles, sólo el hombre es capaz de conocer y amar a su Creador. Él es “la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma” (CIC, núm. 356). En tercer lugar, Agustín nos describe el cambio de las tinieblas a la luz: …tu misericordia no abandonó nuestra miseria, y dijiste: Hágase la luz; haced penitencia, porque se acerca el reino de Dios (Mt 3,2), …y nos desagradaron nuestras tinieblas y nos convertimos a ti, y se hizo la luz. Y ved cómo fuimos un tiempo tinieblas, mas ahora somos luz en el Señor.

 

Los catecúmenos: El catecúmeno es la persona que se está instruyendo en la doctrina o fe católica, con el fin de recibir el Bautismo. El catecúmeno desea recibir el bautismo y se hace instruir, se deja instruir par tal acontecimiento.

La gran fiesta de la Pascua cristiana era este cambio espiritual de los catecúmenos. «He aquí nuestra alegría, hermanos; ¡la alegría de veros reunidos! la alegría de los salmos e himnos, la alegría en la memoria de la pasión y resurrección de Cristo, la alegría en la esperanza de la resurrección. Si tanto GOZO nos trae la esperanza, ¿qué será la realidad?»

 

 

La Pascua: Doble resurrección:  En tiempos de Agustín, lo que se celebraba en la Pascua era la doble resurrección: la gloriosa de Cristo después de su muerte y la no menos gloriosa de las almas que triunfaban de la muerte del pecado y resucitaban para Dios

 

Sermón sobre Lázaro: San Agustín tiene un célebre sermón sobre la resurrección de Lázaro, sermón que está lleno de luces de su propia experiencia, pasar de una vida sin Cristo, a la resurrección y la vida eterna en Cristo Jesús.

 

 

¿Por qué se bautizó Agustín en Vísperas de Pascuas?

 

No lo eligió él; ni siquiera se lo planteó. En la Iglesia antigua sólo había una fecha para los bautismos, que era la noche de Pascua, y el año 387 la Pascua coincidió el día 24 de abril. Es una fecha que parte la vida de Agustín en dos. Él y los que se bautizaron con él, su hijo Adeodato y su amigo Alipio, habían tenido que interrumpir la estancia en Casiciaco, donde estaban descansando. Comenzaba la cuaresma, que era el tiempo en que se daba la catequesis a los que se iban a bautizar. Durante los meses de marzo y abril debieron de asistir puntualmente a las charlas que les impartía el propio obispo, Ambrosio. Se aprendieron de memoria el padrenuestro y el símbolo de la fe, el credo. Se dedicaron con intensidad a la oración, pidieron la oración de los demás, estudiaron, ayunaron, se mortificaron.

 

El bautismo de adultos era el más común, en los primeros siglos del cristianismo, lo cual implicaba una conversión del paganismo o de las filosofías que circulaban en el Imperio Romano.

 

A quienes deseaban ser cristianos, las comunidades los sometían a varias pruebas y períodos de discernimiento o aprendizaje.  Al inicio podían participar en las reuniones de la comunidad cristiana con un miembro de ella que se convertía en una especie de padrino.

 

El catecumenado era pues una prueba y una precaución que se había juzgado necesaria para no admitir en la sociedad cristiana sujetos mal instruidos, poco firmes y capaces de abandonar su fe. La duración de esta prueba no fue siempre la misma en todos los tiempos ni en todos los lugares.

 

¿Por qué hablamos de Conversión?:

 

En el caso de San Agustín la conversión, paulatina lo llevan al bautismo, término y culmine de su conversión, bautismo que recibió en la aurora de la Pascua, que en el año 387 cayó el 24 de abril.

 

¿Qué recibió Agustín en la vigilia pascual del año 387?

 

Recibe los sacramentos: en la vigilia pascual, recibió de manos de San Ambrosio los sacramentos del bautismo, la confirmación y la eucaristía.

 

La Gracia: Entonces se hizo realmente espiritual con la gracia del Espíritu Santo, porque se hizo cristiano, hombre nuevo, cambiado por la fe y el sacramento.

 

Transformación por la fe: «Vos me perdonasteis mis maldades pasadas, cubriéndolas con vuestra indulgencia para hacerme feliz en Vos, transformando mi alma con la fe y con vuestro sacramento»

 

El perdón de los pecados: En su bautismo llegó a la última transformación por el perdón de los pecados y el revestimiento de la gracia divina.



lunes, 21 de abril de 2025

De la paciencia y la constancia. Una mirada a la curación del paralítico de Betseda

 

Nos hemos preguntado miles de veces el por qué somos inconstantes a la hora de luchar contra nuestros propios defectos. Hoy intentamos iluminados por la Palabra comenzar a abordar este compartido padecer humano. Para ello nos basaremos en el Evangelio según San Juan. Si bien Juan relata la curación del paralítico de Betseda en día sábado y la controversia generada entre los judíos, además de incluir un discurso de Jesús acerca de su relación con el Padre, en esta ocasión nos centraremos en la comprensión de la profunda lucha del paralítico y su deseo por mejorar. Que este tiempo de cuaresma nos mueva a mejorar nuestras conductas y disposiciones interiores mediante la conversión del corazón a Dios.


 

Evangelio según San Juan, 5

2.Hay en Jerusalén, cerca de la Puerta de las Ovejas, una piscina llamada en hebreo Betseda. Tiene ésta cinco pórticos,

3.y bajo los pórticos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, tullidos (y paralíticos. Todos esperaban que el agua se agitara,

4.porque un ángel del Señor bajaba de vez en cuando y removía el agua; y el primero que se metía después de agitarse el agua quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese.)

5.Había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo.

6.Jesús lo vio tendido, y cuando se enteró del mucho tiempo que estaba allí, le dijo: «¿Quieres sanar?»

7.El enfermo le contestó: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua, y mientras yo trato de ir, ya se ha metido otro.»

8.Jesús le dijo: «Levántate, toma tu camilla y anda.»

 

Aquel hombre que era paralítico, tenía fe y una y otra vez trataba de llegar al agua sin poder conseguirlo. Vemos que, en nuestra vida cotidiana, muchas veces tenemos constancia en la lucha y profundos deseos de mejorar, y otras tantas veces caemos desganados, nuestra lucha interior desfallece. Volver una y otra vez al Señor tantas veces como sea necesario nos parece imposible.

Somos poco pacientes con nosotros mismos y también poco pacientes con los demás y sus propios defectos, y muchas veces no somos constantes en el apostolado, caemos en la desesperación y desgano.

Estos versículos del Evangelio, nos muestran la fe y la constancia de un hombre paralítico que lo lleva al encuentro con Jesús.

 

En primer lugar, vemos que este hombre que llevaba 38 años enfermo en espera de una curación milagrosa a través de las aguas de la piscina de Betseda, y cuando Jesús lo interroga diciéndole si quería ser sano, este hombre enfermo responde con sencillez y luego lo obedece cuando Jesús le dice que se levante y tome su camilla y eche a andar, el hombre simplemente obedeció.

¡Qué difícil es para nosotros reconocer que el Señor está siempre dispuesto a escucharnos y a darnos aquello que necesitamos en cada paso del camino! Sabemos que la misericordia de Dios supera todo calculo humano, solo hace falta que nosotros correspondamos con nuestro firme propósito de salir de ese problema que nos aqueja, pero no haciendo pacto con los propios defectos o errores humanos y hasta los pecados que nos separan de su Gracia, además tenemos que esforzarnos por superar esos defectos. No podemos ser conformistas, las excusas acerca de nuestra forma de ser, el constante decir: “y bueno así es mí personalidad”, “yo siempre fui así”, “siempre quise cambiar, pero no puedo, haga lo que haga”, con esa actitud, nunca veremos resultados positivos a través de la lente de las excusas.

 

Es importante fijar nuestra mirada y nuestra escucha en el hecho de que cuando Jesús le pregunta al paralítico de Betseda “¿quieres sanar?, simplemente manifestó la paciencia de aquel hombre que por tanto tiempo estuvo paralítico, pero que nunca dejó de insistir en recuperarse de su enfermedad.

Nuestro esfuerzo debe centrarse en querer arrancar ese defecto dominante en nosotros y alcanzar aquella virtud que tan lejana e imposible se nos presenta, teniendo paciencia en la lucha interior para crecer en determinada virtud o superar algún aspecto negativo de nuestra vida que debe ser erradicado.

Nuestra meta debería ser que, a través de nuestra conversión, de nuestra humildad y esfuerzo humano nos permitan superar nuestros defectos y faltas y tener la posibilidad de crecimiento espiritual. El verdadero premio a la constancia del paralítico fue el encuentro con Jesús.

 

En segundo lugar, vemos la gran importancia de la paciencia y de la constancia, que hoy en día son bienes escasos.

En nuestro tiempo no solemos esperar con ánimo los preciosos frutos prometidos. Pero saber esperar y luchar a la vez con paciente perseverancia con la seguridad de que nuestro pedido agrada a Dios, y esperar con gratitud por aquello que aún no obtenemos, con calma sin inquietudes por nuestras malas acciones del pasado, nos permiten aprender que una virtud no se logra de manera ordinaria, ni con violentos esfuerzos esporádicos, sino siendo continuos en la lucha, intentándolo cada día de nuestra vida y ayudados por la Gracia de Dios.

Además de la paciencia, otra de las cuestiones importantes es el tema de la constancia.

La constancia se alimenta del amor, solo el amor es paciente en la lucha, y no acepta los defectos y fallos como algo inevitable y sin remedio. El ser pacientes y constantes con uno mismo para desarraigar las malas tendencias y los defectos de carácter es a la vez huir del conformismo y aceptar el arrepentirse muchas veces delante de Dios con humildad y arrepentimiento y pidiendo nuevamente la gracia. Sin embargo, son muchas las derrotas que sufrimos en el camino arduo para eliminar esos defectos, para ello siempre es necesario volver a Dios pidiendo de su gracia y su perdón. Cuando derramamos lágrimas por los pecados cometidos, esas lágrimas, son lágrimas de amor.

 

Por último, además se ser pacientes con nosotros mismos tenemos que ejercitar esta virtud de la paciencia con los demás, y ayudarles en su caminar, en su formación, acompañarlos en sus penurias, en sus enfermedades. Llegar al hermano a través de las palabras amables, las sonrisas y la paciencia al corazón de esos hermanos para ayudar con mayor eficacia. Actuar sin impaciencia y sin pereza, con amabilidad y gracia siendo constantes en el apostolado. Para ello, debemos ser pacientes con amigos y aunque en ocasiones parezca que no escuchan, que estamos fracasando, que ellos no se interesan por las cosas de Dios. No abandonemos la lucha por eso. Más bien, hay que intensificar la oración, nuestra amistad y nuestra caridad.

Debemos evitar que alguno de nuestros hermanos en algún momento de su vida diga como el paralítico de Betseda: “no tengo quien me ayude”. Desdichadamente muchos d nuestros hermanos hoy en día repiten esas mismas palabras. El individualismo y el egoísmo que el mundo nos impone como panacea en la actualidad nos lleva cada vez más a decir las mismas palabras del paralitico.

 

Que la gracia de Nuestro Señor nos haga pacientes, constantes con nosotros mismos y con los demás.