Evangelio según
San Juan, 5
2.Hay en
Jerusalén, cerca de la Puerta de las Ovejas, una piscina llamada en hebreo Betseda.
Tiene ésta cinco pórticos,
3.y bajo los
pórticos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, tullidos (y paralíticos.
Todos esperaban que el agua se agitara,
4.porque un ángel
del Señor bajaba de vez en cuando y removía el agua; y el primero que se metía
después de agitarse el agua quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese.)
5.Había allí un
hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo.
6.Jesús lo vio
tendido, y cuando se enteró del mucho tiempo que estaba allí, le dijo:
«¿Quieres sanar?»
7.El enfermo le
contestó: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el
agua, y mientras yo trato de ir, ya se ha metido otro.»
8.Jesús le dijo:
«Levántate, toma tu camilla y anda.»
Aquel hombre
que era paralítico, tenía fe y una y otra vez trataba de llegar al agua sin
poder conseguirlo. Vemos que, en nuestra vida cotidiana, muchas veces tenemos
constancia en la lucha y profundos deseos de mejorar, y otras tantas veces
caemos desganados, nuestra lucha interior desfallece. Volver una y otra vez al
Señor tantas veces como sea necesario nos parece imposible.
Somos poco
pacientes con nosotros mismos y también poco pacientes con los demás y sus
propios defectos, y muchas veces no somos constantes en el apostolado, caemos
en la desesperación y desgano.
Estos versículos
del Evangelio, nos muestran la fe y la constancia de un hombre paralítico que
lo lleva al encuentro con Jesús.
En primer
lugar, vemos que este hombre que llevaba 38 años enfermo en espera de una
curación milagrosa a través de las aguas de la piscina de Betseda, y cuando
Jesús lo interroga diciéndole si quería ser sano, este hombre enfermo responde
con sencillez y luego lo obedece cuando Jesús le dice que se levante y tome su
camilla y eche a andar, el hombre simplemente obedeció.
¡Qué difícil
es para nosotros reconocer que el Señor está siempre dispuesto a escucharnos y
a darnos aquello que necesitamos en cada paso del camino! Sabemos que la misericordia
de Dios supera todo calculo humano, solo hace falta que nosotros correspondamos
con nuestro firme propósito de salir de ese problema que nos aqueja, pero no
haciendo pacto con los propios defectos o errores humanos y hasta los pecados
que nos separan de su Gracia, además tenemos que esforzarnos por superar esos
defectos. No podemos ser conformistas, las excusas acerca de nuestra forma de
ser, el constante decir: “y bueno así es mí personalidad”, “yo siempre fui así”,
“siempre quise cambiar, pero no puedo, haga lo que haga”, con esa actitud, nunca
veremos resultados positivos a través de la lente de las excusas.
Es
importante fijar nuestra mirada y nuestra escucha en el hecho de que cuando
Jesús le pregunta al paralítico de Betseda “¿quieres sanar?, simplemente
manifestó la paciencia de aquel hombre que por tanto tiempo estuvo paralítico,
pero que nunca dejó de insistir en recuperarse de su enfermedad.
Nuestro esfuerzo
debe centrarse en querer arrancar ese defecto dominante en nosotros y alcanzar
aquella virtud que tan lejana e imposible se nos presenta, teniendo paciencia
en la lucha interior para crecer en determinada virtud o superar algún aspecto
negativo de nuestra vida que debe ser erradicado.
Nuestra meta
debería ser que, a través de nuestra conversión, de nuestra humildad y esfuerzo
humano nos permitan superar nuestros defectos y faltas y tener la posibilidad
de crecimiento espiritual. El verdadero premio a la constancia del paralítico
fue el encuentro con Jesús.
En segundo
lugar, vemos la gran importancia de la paciencia y de la constancia, que hoy en
día son bienes escasos.
En nuestro
tiempo no solemos esperar con ánimo los preciosos frutos prometidos. Pero saber
esperar y luchar a la vez con paciente perseverancia con la seguridad de que nuestro
pedido agrada a Dios, y esperar con gratitud por aquello que aún no obtenemos,
con calma sin inquietudes por nuestras malas acciones del pasado, nos permiten
aprender que una virtud no se logra de manera ordinaria, ni con violentos
esfuerzos esporádicos, sino siendo continuos en la lucha, intentándolo cada día
de nuestra vida y ayudados por la Gracia de Dios.
Además de la
paciencia, otra de las cuestiones importantes es el tema de la constancia.
La constancia
se alimenta del amor, solo el amor es paciente en la lucha, y no acepta los
defectos y fallos como algo inevitable y sin remedio. El ser pacientes y
constantes con uno mismo para desarraigar las malas tendencias y los defectos
de carácter es a la vez huir del conformismo y aceptar el arrepentirse muchas
veces delante de Dios con humildad y arrepentimiento y pidiendo nuevamente la
gracia. Sin embargo, son muchas las derrotas que sufrimos en el camino arduo
para eliminar esos defectos, para ello siempre es necesario volver a Dios pidiendo
de su gracia y su perdón. Cuando derramamos lágrimas por los pecados cometidos,
esas lágrimas, son lágrimas de amor.
Por último, además
se ser pacientes con nosotros mismos tenemos que ejercitar esta virtud de la
paciencia con los demás, y ayudarles en su caminar, en su formación, acompañarlos
en sus penurias, en sus enfermedades. Llegar al hermano a través de las
palabras amables, las sonrisas y la paciencia al corazón de esos hermanos para
ayudar con mayor eficacia. Actuar sin impaciencia y sin pereza, con amabilidad
y gracia siendo constantes en el apostolado. Para ello, debemos ser pacientes
con amigos y aunque en
ocasiones parezca que no escuchan, que estamos fracasando, que ellos no se interesan
por las cosas de Dios. No abandonemos la lucha por eso. Más bien, hay que
intensificar la oración, nuestra amistad y nuestra caridad.
Debemos evitar
que alguno de nuestros hermanos en algún momento de su vida diga como el
paralítico de Betseda: “no tengo quien me ayude”. Desdichadamente muchos d
nuestros hermanos hoy en día repiten esas mismas palabras. El individualismo y
el egoísmo que el mundo nos impone como panacea en la actualidad nos lleva cada
vez más a decir las mismas palabras del paralitico.
Que la gracia de Nuestro Señor nos haga
pacientes, constantes con nosotros mismos y con los demás.
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