lunes, 21 de abril de 2025

De la paciencia y la constancia. Una mirada a la curación del paralítico de Betseda

 

Nos hemos preguntado miles de veces el por qué somos inconstantes a la hora de luchar contra nuestros propios defectos. Hoy intentamos iluminados por la Palabra comenzar a abordar este compartido padecer humano. Para ello nos basaremos en el Evangelio según San Juan. Si bien Juan relata la curación del paralítico de Betseda en día sábado y la controversia generada entre los judíos, además de incluir un discurso de Jesús acerca de su relación con el Padre, en esta ocasión nos centraremos en la comprensión de la profunda lucha del paralítico y su deseo por mejorar. Que este tiempo de cuaresma nos mueva a mejorar nuestras conductas y disposiciones interiores mediante la conversión del corazón a Dios.


 

Evangelio según San Juan, 5

2.Hay en Jerusalén, cerca de la Puerta de las Ovejas, una piscina llamada en hebreo Betseda. Tiene ésta cinco pórticos,

3.y bajo los pórticos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, tullidos (y paralíticos. Todos esperaban que el agua se agitara,

4.porque un ángel del Señor bajaba de vez en cuando y removía el agua; y el primero que se metía después de agitarse el agua quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese.)

5.Había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo.

6.Jesús lo vio tendido, y cuando se enteró del mucho tiempo que estaba allí, le dijo: «¿Quieres sanar?»

7.El enfermo le contestó: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua, y mientras yo trato de ir, ya se ha metido otro.»

8.Jesús le dijo: «Levántate, toma tu camilla y anda.»

 

Aquel hombre que era paralítico, tenía fe y una y otra vez trataba de llegar al agua sin poder conseguirlo. Vemos que, en nuestra vida cotidiana, muchas veces tenemos constancia en la lucha y profundos deseos de mejorar, y otras tantas veces caemos desganados, nuestra lucha interior desfallece. Volver una y otra vez al Señor tantas veces como sea necesario nos parece imposible.

Somos poco pacientes con nosotros mismos y también poco pacientes con los demás y sus propios defectos, y muchas veces no somos constantes en el apostolado, caemos en la desesperación y desgano.

Estos versículos del Evangelio, nos muestran la fe y la constancia de un hombre paralítico que lo lleva al encuentro con Jesús.

 

En primer lugar, vemos que este hombre que llevaba 38 años enfermo en espera de una curación milagrosa a través de las aguas de la piscina de Betseda, y cuando Jesús lo interroga diciéndole si quería ser sano, este hombre enfermo responde con sencillez y luego lo obedece cuando Jesús le dice que se levante y tome su camilla y eche a andar, el hombre simplemente obedeció.

¡Qué difícil es para nosotros reconocer que el Señor está siempre dispuesto a escucharnos y a darnos aquello que necesitamos en cada paso del camino! Sabemos que la misericordia de Dios supera todo calculo humano, solo hace falta que nosotros correspondamos con nuestro firme propósito de salir de ese problema que nos aqueja, pero no haciendo pacto con los propios defectos o errores humanos y hasta los pecados que nos separan de su Gracia, además tenemos que esforzarnos por superar esos defectos. No podemos ser conformistas, las excusas acerca de nuestra forma de ser, el constante decir: “y bueno así es mí personalidad”, “yo siempre fui así”, “siempre quise cambiar, pero no puedo, haga lo que haga”, con esa actitud, nunca veremos resultados positivos a través de la lente de las excusas.

 

Es importante fijar nuestra mirada y nuestra escucha en el hecho de que cuando Jesús le pregunta al paralítico de Betseda “¿quieres sanar?, simplemente manifestó la paciencia de aquel hombre que por tanto tiempo estuvo paralítico, pero que nunca dejó de insistir en recuperarse de su enfermedad.

Nuestro esfuerzo debe centrarse en querer arrancar ese defecto dominante en nosotros y alcanzar aquella virtud que tan lejana e imposible se nos presenta, teniendo paciencia en la lucha interior para crecer en determinada virtud o superar algún aspecto negativo de nuestra vida que debe ser erradicado.

Nuestra meta debería ser que, a través de nuestra conversión, de nuestra humildad y esfuerzo humano nos permitan superar nuestros defectos y faltas y tener la posibilidad de crecimiento espiritual. El verdadero premio a la constancia del paralítico fue el encuentro con Jesús.

 

En segundo lugar, vemos la gran importancia de la paciencia y de la constancia, que hoy en día son bienes escasos.

En nuestro tiempo no solemos esperar con ánimo los preciosos frutos prometidos. Pero saber esperar y luchar a la vez con paciente perseverancia con la seguridad de que nuestro pedido agrada a Dios, y esperar con gratitud por aquello que aún no obtenemos, con calma sin inquietudes por nuestras malas acciones del pasado, nos permiten aprender que una virtud no se logra de manera ordinaria, ni con violentos esfuerzos esporádicos, sino siendo continuos en la lucha, intentándolo cada día de nuestra vida y ayudados por la Gracia de Dios.

Además de la paciencia, otra de las cuestiones importantes es el tema de la constancia.

La constancia se alimenta del amor, solo el amor es paciente en la lucha, y no acepta los defectos y fallos como algo inevitable y sin remedio. El ser pacientes y constantes con uno mismo para desarraigar las malas tendencias y los defectos de carácter es a la vez huir del conformismo y aceptar el arrepentirse muchas veces delante de Dios con humildad y arrepentimiento y pidiendo nuevamente la gracia. Sin embargo, son muchas las derrotas que sufrimos en el camino arduo para eliminar esos defectos, para ello siempre es necesario volver a Dios pidiendo de su gracia y su perdón. Cuando derramamos lágrimas por los pecados cometidos, esas lágrimas, son lágrimas de amor.

 

Por último, además se ser pacientes con nosotros mismos tenemos que ejercitar esta virtud de la paciencia con los demás, y ayudarles en su caminar, en su formación, acompañarlos en sus penurias, en sus enfermedades. Llegar al hermano a través de las palabras amables, las sonrisas y la paciencia al corazón de esos hermanos para ayudar con mayor eficacia. Actuar sin impaciencia y sin pereza, con amabilidad y gracia siendo constantes en el apostolado. Para ello, debemos ser pacientes con amigos y aunque en ocasiones parezca que no escuchan, que estamos fracasando, que ellos no se interesan por las cosas de Dios. No abandonemos la lucha por eso. Más bien, hay que intensificar la oración, nuestra amistad y nuestra caridad.

Debemos evitar que alguno de nuestros hermanos en algún momento de su vida diga como el paralítico de Betseda: “no tengo quien me ayude”. Desdichadamente muchos d nuestros hermanos hoy en día repiten esas mismas palabras. El individualismo y el egoísmo que el mundo nos impone como panacea en la actualidad nos lleva cada vez más a decir las mismas palabras del paralitico.

 

Que la gracia de Nuestro Señor nos haga pacientes, constantes con nosotros mismos y con los demás.

  

 


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