IV
El tiempo de la Iglesia: es el tiempo del Espíritu
Santo.
Nace como fruto del Bautismo en el Espíritu la
Iglesia, esa comunidad de creyentes en Jesús.
La venida del Espíritu Santo inauguró una nueva
era en la vida de la humanidad. La era del Poder de Dios en medio de los
hombres, la era de la Gracia y la era de los adoradores en Espíritu y en
Verdad.
La vida de comunión, armonía, paz y amor que reinaba entre los apóstoles
era de tal manera nueva y atractiva que invitaba a todos a vivirla también. En el amor que se profesaban era expresión de
esa gracia divina. “MIRAD COMO SE AMAN” decían los paganos cuando veían a los
cristianos llenos del amor del Espíritu Santo. Todos los creyentes vivían
unidos y tenían todo en común.
Todos estaban unánimemente juntos, reunidos, compartiendo el mismo amor por
Dios y el mismo corazón, la misma confianza en Su promesa y obedeciendo al
permanecer juntos en la misma ciudad, tal como Jesús les pidió.
“No había entre ellos ningún necesitado, porque nadie llamaba suyos a los
bienes materiales, sino que los ponía al servicio de los hermanos. Los bienes
de este mundo se compartían y distribuían de una manera cristiana, es decir sirviendo
a los más necesitados”.
(Hechos 2, 44)
La misión:
La misión de aquellas primitivas comunidades
cristianas era llevar el Evangelio y expandir el Reino. Para poder realizar esa misión, Dios Padre
hizo una promesa y dijo que Cristo la enviaría sobre ellos, es decir, Jesús nos
daría una investidura de lo alto por la Promesa del Padre. Y como ya lo hemos
mencionado, Jesús les pidió a sus discípulos que no se movieran de Jerusalén y
luego ir por todo el mundo a anunciar el Evangelio.
La vida de las primeras comunidades cristianas:
Las primeras comunidades cristianas glorificaban a
Dios: Desde ese momento comenzaron a dar gracias a Dios siempre y por todo. Si los metían a la cárcel cantaban salmos. Si los azotaban y perseguían
deban gracias a Dios. Si pasaban hambre alababan al Señor. Siempre estaban llenos del gozo del Espíritu
Santo, aun en medio de enfermedades y tribulaciones. La gracia del Señor
les bastaba. Todo lo consideraban basura en comparación del conocimiento y el
amor del Señor Jesús.
La perseverancia de los primeros cristianos después de Pentecostés:
Perseveraban en la doctrina de los apóstoles: ellos dependían de los
apóstoles para que les comunicara quien era Jesús y lo que Él había hecho. Los
primeros cristianos confiaban y querían saber más de Jesús. No había desviación
de la doctrina de los apóstoles.
Perseveraban en la comunión unos con los otros: La vida del cristiano debe
ser llena de comunión, compartir con el otro, compartimos al mismo Señor, la
misma guía, el mismo amor a Dios, el mismo deseo de alabarlo y de adorarlo etc.
Perseveraban en el partimiento del pan: Nunca olvidaron lo que Jesús les
enseñó, nunca olvidaron lo que Jesús hizo por nuestra salvación en la Cruz.
Perseveraban en las oraciones: El pueblo de Dios se reúne para orar y
alabar.
Todos los que habían creído estaban juntos, todas las cosas las tenían en
común y repartían todo según la necesidad de cada uno. Las familias cristianas
compartían todo. Si bien las costumbres judías indicaban que debían ser hospitalarios
durante cualquier día festivo en el tiempo de Pentecostés, y los visitantes que
llegaban a Jerusalén eran recibidos en las casas particulares y nadie podía
cobrar por dar alojamiento, o por
proveer para sus necesidades básicas, los cristianos tomaron esta hospitalidad
y la hicieron una cosa de todos los días.
Ellos vendían sus propiedades y sus bienes y los
repartían según la necesidad de cada uno:
Vemos la confianza de los primeros cristianos en el
Poder de Dios. Vemos que para ellos Jesús es mucho más importante que sus
posesiones materiales.
En Pentecostés, vemos el cumplimiento de la Promesa hecha por Dios a los
hombres, no es otra cosa que Jesús
glorificado, lleno de Espíritu Santo, que da su Espíritu a los que creen en Él.
Dios es un Dios de lo imposible y hace lo que
quiere, ha decidido salvar a un mundo perdido en sus pecados. Es el Espíritu
Santo la Promesa del Padre.
Durante cuarenta días después de su Crucifixión,
Jesús se les aparece a sus discípulos y les habló del Reino de Dios y de la
tarea a realizar, una tarea misional que Él inició y que todos los cristianos
recibimos.
Aquellos discípulos no eran ajenos a la Persona y
obra del Espíritu Santo, ya que vieron al Espíritu Santo continuamente trabajar
en el ministerio de Jesús. Además, los discípulos oyeron a Jesús prometer una
nueva obra venidera del Espíritu Santo (Juan 14, 15-18). Tuvieron que esperar
hasta que llegó Pentecostés y durante este tiempo de espera Dios puso a prueba
la paciencia de estos hombres, puso a prueba la bondad y la compasión y durante
todo este tiempo permanecieron juntos.
El regalo que Dios nos ha prometido es el regalo
del Espíritu Santo. Vale la pena esperar por este regalo. Este regalo viene
según su Voluntad y muchas veces no como nosotros lo esperamos.
El arrepentimiento y el bautismo era muy
importante según nos relata este mismo texto en los versículos 38-40.
Arrepentirse en nombre de Jesucristo par el perdón de los pecados, así
recibirán el don del Espíritu Santo. Porque para todos es la promesa.
Debemos hacer algo para ser salvos. Dios podía
salvar a las personas que tenían arrepentimiento. Lo primero que responde San
Pedro a la multitud, el día de su discurso es que debían hacer algo:
arrepentirse, cambiar de mentalidad, debían cambiar su manera de pensar,
tomando a Jesús como Señor y Mesías. En este sentido la palabra
“arrepentimiento” es una palabra de gran esperanza, pues ella nos dice que no
tenemos que continuar tal como antes, y que podemos volver hacia Dios.
La promesa es para todos. Los primitivos
habitantes vieron la obra gloriosa del Espíritu Santo entre los discípulos
Todos aquellos que nos consideramos discípulos de
Jesús, recibimos esta promesa y esta misión. Hay una tarea asignada que le da
sentido a nuestra vida en esta tierra.
Hoy también debemos sumarnos a esa misión.
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