viernes, 28 de febrero de 2025

Alabar en todo tiempo

 



Alabanza

 

Muchas veces pensamos que alabar solo se hace en el Templo bajo circunstancias especiales, por ejemplo, en una misa, en un grupo de oración. Luego todo queda en un bello gesto dominical, y los avatares de la vida nos tornan nuevamente en personas grises, tristes, apocadas, envueltas en los problemas cotidianos donde solo importa aquello que sentimos, nuestras penas, nuestras carencias, nuestra falta de amor. Esta es una forma inexacta de conectarnos con la alabanza. La alabanza no es solo elevar los brazos al cielo en una celebración. La alabanza es un modo de vida, cambia nuestra perspectiva, ayuda a nuestra conversión. En otros artículos hemos comenzado hablado de la alabanza y algunas de sus características. En estas breves palabras ampliaremos el tema de la alabanza desde el punto de vista de la conversión, de un nuevo estilo de vida, y de la alabanza como un acto de amor.

 

 

Cuando oramos alabando a Dios, son momentos en los que nos dejamos invadir por el gozo, por esa alegría, por la vida, por la plenitud. Y esta alegría se transmite a los demás.

 

 

Vivir alabando a Dios:


La alabanza, un acto de amor:

 

“A Dios, el único sabio, por Jesucristo, ¡a él la gloria por los siglos de los siglos! Amén”

Rom. 16, 27


Tenemos en la Celebración Eucarística la posibilidad de alabar a Dios con la oración del Gloria.

La alabanza es la oración de quien se sabe colocar en su sitio de creatura, es un don que Dios da a las almas humildes que comprenden que solo Dios que merece ser alabado.

 

No solo nos reconocemos que en verdad somos creaturas, sino que reconocemos la grandeza de Dios, su fuerza, su poder y su honor.

Todo el que sabe reconocer su verdad de creatura es capaz de elevar su espíritu a Dios y reconocer su grandeza.

 

Aquél que sabe reconocer su verdad de creatura es capaz de elevar el Espíritu a su Dios reconociendo su grandeza


La alabanza, un acto de conversión

 

“Así dice el Señor Yahveh: ¡Oh!, tu corazón se ha engreído y has dicho: «Soy un dios, estoy sentado en un trono divino, en el corazón de los mares.» Tú que eres un hombre y no un dios, equiparas tu corazón al corazón de Dios.”

Ez. 28, 2.

 

Tendemos por nuestras propias inclinaciones humanas constantemente a ponernos en el lugar de importancia, a entronarnos a nosotros mismos como reyes de nuestra propia existencia.

Una de las funciones de la alabanza es ayudarnos en nuestra conversión.

 

A través de la alabanza y gracias a ella ponemos nuestra mirada y también nuestro corazón en Dios. Podemos pensar que gracias a la alabanza nos bajamos de ese trono y entronizamos en él a Dios, para que reine desde nuestro corazón. La conversión de nuestro corazón se irá realizando de modo progresivo a través de la alabanza.

 

Veamos algunos versículos:

 

“Al que está sentado en el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y potencia por los siglos de los siglos.”

Ap. 5, 13

 

“Deja que el Cordero reine y verás cómo tus vestidos escarlatas se vuelven blancos como la nieve”

(Is. 1, 18). 


La alabanza y la oración:

 

En la alabanza no nos buscamos a nosotros mismos. Es la oración de los grandes en el amor.

El objeto de la alabanza solo es Dios.

Cuando oramos y adoramos a Dios, nos descentramos, pone a Dios en el centro.

Este es un gesto de donación y de ofrecimiento a Dios que es quien merece toda alabanza.

Reconocemos los atributos de Dios y la alegría nos inunda el alma, nos llenamos de gozo, porque ´l es nuestro Dios.

 

 “Eres digno, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder.”

Ap. 4, 11.

 

 “A Aquel que tiene poder para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar, conforme al poder que actúa en nosotros, a él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones y todos los tiempos. Amén.” Ef. 3, 20-21.



La alabanza, un modo de vivir:

 

Más allá de ser un tipo de oración, la alabanza es, principalmente, un modo de vivir.

A Dios le damos gloria con toda nuestra vida. Fue Cristo mismo quien más le ha agradado al Padre. Dios Padre se complace en su Hijo, pues es su Hijo quien cumplió su voluntad de modo perfecto.  Por eso decimos que cumplir la voluntad de Dios es lo que unía tan íntimamente a Jesús con el Padre.

La unión con Dios es una alabanza. Siendo como Cristo podremos alabar al Padre celestial. Cuando estamos unidos a Su querer, cuando vivimos unidos a Él, somos uno con el Señor. Es por eso que bendecimos a Dios en todo momento, en nuestro día a día cuando cumplimos Su Voluntad, es por eso que lo alabamos y bendecimos.

 

 

“Este es mi Hijo amado, en quien me complazco.” Mt. 3, 17.

 

 “Entonces dije: ¡He aquí que vengo -pues de mí está escrito en el rollo del libro- a hacer, oh Dios, tu voluntad!”

Heb. 10, 7.

 

 “Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros.”

Jn. 17, 21. 

 

Es nuestro testimonio de gozo y de alegría, valioso para el mundo. El mundo debe ver en nosotros la plenitud que tanto desea el corazón de muchos.

 

La alabanza es la oración de aquellos que no pretenden ser dioses, no pretenden ser alabados, aquellos que comprenden que solo Dios merece ser alabado.

Somos llamados a ser una alabanza para el Padre a través de nuestras acciones, de nuestros comportamientos, de toda nuestra vida.

Fue Jesús quien mayor alabanza dio al Padre. Por eso por la unión con Cristo, con la importancia de identificarnos con Él, podemos nosotros también dar alabanzas a Dios, y esta transformación solo podemos hacerla con la ayuda del Espíritu Santo.

Es, por lo tanto, como todos los días y a cada momento que estemos unidos a Cristo, y caminemos en Su Voluntad, como seremos una alabanza al Padre.

 

Dejémonos invadir por el gozo que produce la alabanza, son en esos momentos, en los que nos invade el gozo, la alegría, la vida, la plenitud.


“A Dios, el único sabio, por Jesucristo, ¡a él la gloria por los siglos de los siglos! Amén.”

Rom. 16, 27

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por participar en esta página.