Alabanza
Muchas veces pensamos que alabar solo se hace en
el Templo bajo circunstancias especiales, por ejemplo, en una misa, en un grupo
de oración. Luego todo queda en un bello gesto dominical, y los avatares de la
vida nos tornan nuevamente en personas grises, tristes, apocadas, envueltas en
los problemas cotidianos donde solo importa aquello que sentimos, nuestras
penas, nuestras carencias, nuestra falta de amor. Esta es una forma inexacta de
conectarnos con la alabanza. La alabanza no es solo elevar los brazos al cielo
en una celebración. La alabanza es un modo de vida, cambia nuestra perspectiva,
ayuda a nuestra conversión. En otros artículos hemos comenzado hablado de la
alabanza y algunas de sus características. En estas breves palabras ampliaremos
el tema de la alabanza desde el punto de vista de la conversión, de un nuevo
estilo de vida, y de la alabanza como un acto de amor.
Cuando oramos alabando a Dios, son momentos en
los que nos dejamos invadir por el gozo, por esa alegría, por la vida, por la
plenitud. Y esta alegría se transmite a los demás.
Vivir alabando a Dios:
La
alabanza, un acto de amor:
“A Dios, el único sabio, por Jesucristo, ¡a él la
gloria por los siglos de los siglos! Amén”
Rom. 16, 27
Tenemos en la Celebración Eucarística la posibilidad de alabar a Dios con la
oración del Gloria.
La
alabanza es la oración de quien se sabe colocar en su sitio de creatura, es un
don que Dios da a las almas humildes que comprenden que solo Dios que merece
ser alabado.
No solo
nos reconocemos que en verdad somos creaturas, sino que reconocemos la grandeza
de Dios, su fuerza, su poder y su honor.
Todo el
que sabe reconocer su verdad de creatura es capaz de elevar su espíritu a Dios
y reconocer su grandeza.
Aquél que
sabe reconocer su verdad de creatura es capaz de elevar el Espíritu a su Dios
reconociendo su grandeza
La
alabanza, un acto de conversión
“Así dice el Señor Yahveh: ¡Oh!, tu corazón se ha
engreído y has dicho: «Soy un dios, estoy sentado en un trono divino, en el
corazón de los mares.» Tú que eres un hombre y no un dios, equiparas tu corazón
al corazón de Dios.”
Ez. 28, 2.
Tendemos por nuestras propias inclinaciones humanas
constantemente a ponernos en el lugar de importancia, a entronarnos a nosotros
mismos como reyes de nuestra propia existencia.
Una de las funciones de la alabanza es ayudarnos en
nuestra conversión.
A través de la alabanza y gracias a ella ponemos
nuestra mirada y también nuestro corazón en Dios. Podemos pensar que gracias a
la alabanza nos bajamos de ese trono y entronizamos en él a Dios, para que
reine desde nuestro corazón. La conversión de nuestro corazón se irá realizando
de modo progresivo a través de la alabanza.
Veamos algunos versículos:
“Al que está sentado en el trono y al Cordero,
alabanza, honor, gloria y potencia por los siglos de los siglos.”
Ap. 5, 13
“Deja que el Cordero reine y verás cómo tus vestidos escarlatas se
vuelven blancos como la nieve”
(Is. 1, 18).
La
alabanza y la oración:
En la alabanza no nos buscamos a nosotros mismos. Es
la oración de los grandes en el amor.
El objeto de la alabanza solo es Dios.
Cuando oramos y adoramos a Dios, nos descentramos,
pone a Dios en el centro.
Este es un gesto de donación y de ofrecimiento a
Dios que es quien merece toda alabanza.
Reconocemos los atributos de Dios y la alegría nos
inunda el alma, nos llenamos de gozo, porque ´l es nuestro Dios.
“Eres digno,
Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder.”
Ap. 4, 11.
“A Aquel que
tiene poder para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que
podemos pedir o pensar, conforme al poder que actúa en nosotros, a él la gloria
en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones y todos los tiempos.
Amén.” Ef. 3, 20-21.
La
alabanza, un modo de vivir:
Más allá de ser un tipo de oración, la alabanza es,
principalmente, un modo de vivir.
A Dios le damos gloria con toda nuestra vida. Fue
Cristo mismo quien más le ha agradado al Padre. Dios Padre se complace en su
Hijo, pues es su Hijo quien cumplió su voluntad de modo perfecto. Por eso decimos que cumplir la voluntad de
Dios es lo que unía tan íntimamente a Jesús con el Padre.
La unión con Dios es una alabanza. Siendo como
Cristo podremos alabar al Padre celestial. Cuando estamos unidos a Su querer,
cuando vivimos unidos a Él, somos uno con el Señor. Es por eso que bendecimos a
Dios en todo momento, en nuestro día a día cuando cumplimos Su Voluntad, es por
eso que lo alabamos y bendecimos.
“Este es mi Hijo amado, en quien me complazco.” Mt.
3, 17.
“Entonces
dije: ¡He aquí que vengo -pues de mí está escrito en el rollo del libro- a
hacer, oh Dios, tu voluntad!”
Heb. 10, 7.
“Que todos
sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en
nosotros.”
Jn. 17, 21.
Es
nuestro testimonio de gozo y de alegría, valioso para el mundo. El mundo debe
ver en nosotros la plenitud que tanto desea el corazón de muchos.
La
alabanza es la oración de aquellos que no pretenden ser dioses, no pretenden
ser alabados, aquellos que comprenden que solo Dios merece ser alabado.
Somos
llamados a ser una alabanza para el Padre a través de nuestras acciones, de
nuestros comportamientos, de toda nuestra vida.
Fue Jesús
quien mayor alabanza dio al Padre. Por eso por la unión con Cristo, con la
importancia de identificarnos con Él, podemos nosotros también dar alabanzas a
Dios, y esta transformación solo podemos hacerla con la ayuda del Espíritu
Santo.
Es, por
lo tanto, como todos los días y a cada momento que estemos unidos a Cristo, y
caminemos en Su Voluntad, como seremos una alabanza al Padre.
Dejémonos
invadir por el gozo que produce la alabanza, son en esos momentos, en los que
nos invade el gozo, la alegría, la vida, la plenitud.
“A Dios, el único
sabio, por Jesucristo, ¡a él la gloria por los siglos de los siglos!
Amén.”
Rom. 16, 27
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